Indignada, ahora que está de moda.

Hace unas semanas, estuve visitando algunas ciudades del norte de España (todo preciosísimo). Como bien sabréis (si habéis viajado aunque sea al pueblo de al lado), en cualquier sitio con interés turístico hay obras de arte. Entre esas obras de arte, suele haber a menudo edificios dedicados a la religión. En la mayoría de los casos (al menos, en España) se trata de iglesias. Yo no estoy interesada en la religión, pero sí me gusta la historia del arte y, por lo tanto, la arquitectura, sea civil o religiosa. El caso es que, estando con mi familia en San Vicente de la Barquera (Cantabria), decidimos visitar una iglesia. Según íbamos subiendo la cuesta, empezamos a ver coches y gente vestida de boda. Por las vestimentas y los logos de los coches, supe que no se trataba de cualquier boda. Esa gente tenía que tener pasta. Y mucha (aunque luego se quejen de la crisis). Cuando llegué al final de la cuesta, con la lengua fuera del calor y el esfuerzo de la caminata, fui hacia la puerta para entrar. La verdad, es que no me sorprendió, pero me hizo indignarme una vez más con la Iglesia Católica y los seres humanos en general: un monaguillo (amanerado, todo hay que decirlo) me dijo que no podía entrar porque había boda. Me dieron ganas de decirle unas cuántas cosas:
1)      ¿Quién te dice a ti que no soy una invitada? Ah, ya, mi ropa te hace pensar que soy pobre. ¿Sería eso un problema para Jesucristo?
2)      ¿Crees que Jesucristo le negaría a alguien el derecho a entrar en un templo? ¿Qué pasa si tengo la necesidad de rezar, me vas impedir que practique mi religión cuando, supuestamente, es la misma que la tuya?
3)      ¿No te das cuenta de que te has dejado sobornar por el dinero y eso es pecado?
4)      Cuando te des cuenta de que eres homosexual, mantente callado, pues tu IGLESIA (ojo, no tu religión) te echará si lo haces público.
La primer pregunta que me viene a la cabeza en situaciones como esta es la siguiente: “¿Estará el (para mí) hipotético Dios de parte de los ricos?”. Si te pones a pensarlo bien, no es Dios la cuestión, sino la institución. La institución (en este caso, la Iglesia Católica) siempre (o casi siempre) cederá ante el dinero y el poder. Es irónico, pero son los más pecadores los que dirigen estos negocios. Claro, que lo veo lógico, siempre tienen a colaboradores voluntarios y humildes para que laven su imagen.

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